Tesoros olvidados del norte de Jaén II: Giribaile

25.02.2010 22:45

Antonio Merino Fernández  (*)

¿Se imagina tocar con sus dedos los regueros de sangre pétrea de un sacrificio del neolítico. Introducirse en una “catedral” cárstica de múltiples y variadas oquedades, alturas y amplitudes. Subir a la almena de un castillo de base romana y terminación árabe. Pasear por dormitorios y salones – pueden ser de época visigoda o mozárabe - excavados en la montaña o aprovechados de ella como natural refugio. Recoger, con la tranquilidad del paseo seductor, respirando aromas de romero, albahaca, tomillo y cornezuelo, trozos de cerámica mesolítica e ibérica esparcidos por una superficie de más de  dieciséis kilómetros cuadrados? Y todo ello teniendo como fondo dos preciosos pantanos y un  inmenso mar de olivos.

Una estrecha escalera, escavada en la roca, se enrosca en la pared (Fot. Fernando Quesada).

Una estrecha escalera, excavada en la roca, se enrosca en la pared (Fot. Fernando Quesada).

Sólo se necesitan recorrer unos dieciséis kilómetros desde La Carolina en dirección Vilches. Un estrecho camino de tierra se separa de la carretera que une Arquillos y Linares. Se bordean chaparretes, trigales y olivas hasta que aparece, elevada unos cien metros, la meseta. Imposible de conquistarla –se cuenta que los romanos, dueños ya de Cástulo,  pretendieron, por todos los medios de la época, seducirla con prebendas o cautivarla por la fuerza de las armas, pero sólo la argucia – vestirse como ellos con las ropas de soldados muertos y camuflarse con la oscuridad de la noche – pudo derrotar a aquellos aguerridos y bien parapetados guerreros íberos.

Altares - uno ovalado, otro redondo - miran hacia donde se pone el sol (Fot. Antonio Merino).

Altares - uno ovalado, otro redondo - miran hacia donde se pone el sol (Fot. Antonio Merino)

Orissia pudo llamarse en tiempos oretanos. Giribaile viene dado por nombre del señor medieval que dominó estas tierras en el siglo XIII, Don Gil Bayle y que- cuenta la leyenda- murió, de hambre y sed, cuando cayó de su caballo en una de las oquedades de piedra que salpican la meseta, sin ser buscado ni hallado, obedeciendo sus propias órdenes.

Algunas viejas casas semiderruidas nos esperan en el pie del cerro, donde otras, escavadas en la piedra se bifurcan en incontables pasadizos y cuartos perfectamente habitables. Tal vez nos encontremos con el pastor que guarda un buen rebaño de ovejas en las faldas de la fortaleza, que con su cercado hace imposible el acceso por la mayor parte del recinto.

Viviendas profundizando en la tierra (Fot. Antonio Merino)

Viviendas profundizando en la tierra (Fot. Antonio Merino)

Algunos carteles de la Junta de Andalucía denotan la importancia del enclave, pero sólo se quedaron petrificados, para que se apedreen o marquen sus nombres algunos visitantes poco dados al disfrute cultural, pero no para restaurar y reconocer el valor que atesora.

Debes de saber que existe una estrecha escalera, escavada en la roca, que se enrosca en la pared  perdiéndose en algunos tramos por la necedad del hombre y la desidia del tiempo. Sólo una persona puede caminar; las demás en fila india y despacio. Llegado a la meseta, a la izquierda una amplia extensión de terreno despoblado donde aparecen restos –algunos escavados en añejos campos de trabajo juveniles- de materiales y calles de miles de años, junto a algunos rotos cercados y monolitos modernos. Desde arriba podemos echar una ojeada a la base – campo de olivas – viendo como salpican los abundantes hoyos desgarbados de búsqueda de tesoros en dos necrópolis, que ante la desidia de los responsables destrozaron – y probablemente destrozan - reliquias e historia para llevarse monedas, lanzas de piedra, cobre y bronce, piezas metálicas múltiples, adornos o cualquier material que tenga valor en el mercado de objetos antiguos.

Introducirse en una "catedral cárstica" de múltiples y variadas oquedades (Fot. Antonio Merino

Introducirse en una "catedral cárstica" de múltiples y variadas oquedades (Fot. Antonio Merino)

Si continuas te encontrarás con formidables muros ciclópeos con angostos callejones repletos de hierbazales, suicidas higueras y frondosas parras encaramadas hacia la luz.

Dos altares cilíndricos –uno ovalado, el otro redondo-,con enormes orificios atravesándolos y degradados trazos de pinturas rupestres, miran hacia donde se pone el sol, símbolo sagrado para los sacrificios rituales. En la lejanía extensiones que se pierden en el horizonte moteada por pequeños pueblos blancos, chimeneas cónicas de abandonadas minas de galena argentífera, el descanso del río en alargado embalse y la Carolina, en otra meseta.

Almenas de una fortaleza árabe con bases romanas. (Fot. Fernando Quesada)

Almenas de una fortaleza árabe con bases romanas. (Fot. Fernando Quesada)

Camino estrecho, en donde los espárragos de piedra son altos y fuertes, nos retornan a la explanada para pasear por ruinas ibéricas, visigóticas, romanas y árabes, disfrutando de la suave brisa procedente del norte suavizada por defensa de la almena de una fortaleza realizada con barro y piedrecitas incrustadas como la obraban los árabes. En su pie enormes piedras la sustentan como testimonio imperecedero de las construcciones romanas. Un aljibe, bastante bien conservado, descansa al lado de la torre y frente al amplio espacio cubierto por raquíticos, aunque florecientes, árboles frutales, salvajes arbustos y pesadas enredaderas, que nos separan de los restos de las murallas que rodeaban el recinto. 

En el cercano pueblecito de Guadalén podemos degustar comidas tradicionales con buenos vinos y refrescante cerveza.

(*) Antonio Merino Fernández, es escritor y profesor del IES Martín Halaja de La Carolina

Otros artículos de Antonio Merino:

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Luna de Plomo

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