Reflexiones de un paseante: La berrea

16.11.2011 09:57

Otro año más ha llegado el otoño y con él, la berrea. Durante esta época, a los muchos encantos que nos ofrece la naturaleza en este privilegiado rincón de Sierra Morena oriental, se suma el salvaje atractivo de los desgarradores berridos con los que los ciervos inundan el aire, proclamando al mundo su desesperada necesidad de una cierva a la que calzarse bajo la panza

Fernando R. Quesada Rettschlag

Acude al recuerdo aquella inolvidable escena de la película Amarcord de Federico Fellini: acabada la comida familiar, los parientes buscan al abuelo para devolverlo al psiquiátrico, el vejete en desesperado intento por evitarlo, se ha encaramado a la copa de un árbol y grita lastimeramente una y otra vez: “Voglio una donna”, “Voglio una donna”.

Solo unos pocos de esos machos de formidable voz, conseguirán su propósito. Los más, como el abuelo de la película, se quedarán con las ganas. Cosas de la selección natural. Y lo peor es que la mayoría de ellos no volverá a tener otra oportunidad, porque después del celo se abre la veda y… vae victis, que le dijo el celta Breno a los romanos hace ya veinticinco siglos.

Aunque no lo proclamen con la estentórea impudicia de los machos, las hembras también están en celo. Esta hembrita que me permitió fotografiarla hace unos sábados, mira a la cámara con la misma mezcla de coquetería e ingenuidad con la que miraría al macho más garboso de la región, a ese que, en sus cuernas, tiene más puntas que ningún otro.

Estos ciervos vecinos nuestros, que viven en el P.N. de Despeñaperros y fincas colindantes, son ciervos rojos o comunes. “Cervus elaphus” los llaman los científicos en ese afán tan suyo de complicarlo todo. Con lo fácil que resulta lo de ciervo común, o sencillamente ciervo, a secas.

Todos los ciervos europeos pertenecen a la misma especie, pero los nuestros son un poco más pequeños que sus parientes norte-europeos. Constituyen una subespecie típicamente española llamada “Cervus elaphus hispanicus”.

Curiosamente, las cuernas que protagonizan las luchas rituales entre machos durante la berrea, son una característica propia de los cérvidos actuales, de la que carecían sus antepasados más remotos. Fue en el Plioceno, hace “solo” cinco millones de años, cuando aparecieron las complejas y ramificadas cornamentas que lucen en la actualidad y que, junto con su tamaño, hacen a estos animales tan atractivos para los cazadores.

Ciervo en Despeñaperros (Jaén)

Estas astas representan un enigmático caso evolutivo que, hasta el momento, permanece inexplicado. Los machos no las mantienen a lo largo de toda su vida, sino que las pierden y renuevan anualmente, lo que supone un despilfarro de materia y energía muy poco habitual en el reino animal, cuya causa está aún por descifrar. Así, a finales de marzo, el ciervo sufre la pérdida de las astas o desmogue. Pocos días después, comienzan a crecer las nuevas, lo que supone que, durante los cuatro o cinco meses siguientes, el ciervo tendrá que ingerir varios kilos de sales de calcio y fósforo. Las cuernas crecen recubiertas de una piel muy vascularizada y sedosa, parecida al terciopelo. En el mes de julio, la cuerna alcanza su máximo tamaño y el alto nivel de testosterona en sangre, hace que el terciopelo se quede sin irrigación sanguínea, muera y se desprenda. Para ayudar a su caída, el animal se frota contra los árboles en lo que se conoce como escoda.

Al bucólico paseante que disfruta con el espectáculo visual y auditivo de la berrea, su natural empatía lo impulsa a identificarse con el ciervo y lo predispone en contra del cazador; pero en cuanto la razón toma el mando sobre el sentimiento, comprende su error. Gracias a la pasión y al dinero que mueve la afición cinegética, los amantes de la naturaleza gozamos en los alrededores de La Carolina, de unos parajes naturales tan ricos y en un estado tal de conservación, que difícilmente encuentran parangón en ningún otro rincón de Europa. Por tanto, no seré yo quien hable mal de los cazadores ni de su venatoria ocupación. Hasta el propio ciervo cuya cornamenta adornará la pared del salón de algún fulano dentro de unas semanas, se manifestaría favorable a la caza si su menguada inteligencia le permitiera discernir cuales son las alternativas: no haber venido al mundo o haberlo hecho en un zoológico, un parque-safari u otro lugar por el estilo, de esos que tratan de imitar a la naturaleza con manifiesta artificiosidad y engaño.

…esta hembrita mira a la cámara con la misma mezcla de coquetería e ingenuidad con la que miraría al macho más garboso

Sin embargo, a mí personalmente nunca me ha atraído la caza. En su lugar soy aficionado a la fotografía y no salgo nunca al campo sin mi cámara fotográfica, de igual modo que los ciclistas de montaña jamás lo hacen sin su bicicleta.

Por supuesto, no pretendo comparar y, menos aún, equiparar ambas actividades. Ya sé que la caza con escopeta no tiene nada que ver con la “caza” con cámara fotográfica. Por considerar solo uno de los aspectos de la cuestión, el ambiente de las cacerías resulta impagable para el aficionado. No obstante, permítaseme la impertinencia de aducir tres argumentos en favor de la fotografía. En primer lugar, el fotógrafo no entiende de vedas ni prohibiciones, puede practicar su afición en cualquier lugar y en cualquier época del año. En segundo lugar, una misma pieza puede cazarse una y otra vez, tantas como se ponga a tiro de nuestro objetivo. Y en tercer lugar, aunque no por ello menos importante, es considerablemente más barata. Sobre todo desde que los Dioses tuvieron a bien obsequiarnos a los aficionados con ese inmenso regalo que es la fotografía digital.

Así pues, disfrutemos de este maravilloso entorno cada cual a su modo y proclamemos el amor a la naturaleza, que es la verdadera entraña de nuestras respectivas aficiones. ¡Y que tanto lo uno como las otras nos duren muchos años!

 

 

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