El sábado, 18 de Julio, se conmemora el 797º Aniversario de la Batalla de Las Navas de Tolosa

08.07.2009 13:18

El sábado, 18 de Julio, se conmemora el 797º Aniversario de la Batalla de Las Navas de Tolosa

Cartel conmemoración Batalla Navas de Tolosa

Foto: Cartel anunciador de la Conmemoración

 

 

 

El Ayuntamiento de La Carolina ha elaborado un programa conmemorativo de la Batalla. Como es lógico, el epicentro de los actos estará situado en Navas de Tolosa. Estos actos en el que participarán activamente los niños con juegos infantiles, consistirán también en exhibiciones de cetrería, mercado y recreación del ambiente medieval con teatro de calle y cena medieval. Mientras tanto…

Un poco de Historia

 

El Castillo de Navas de Tolosa, también conocido como de los Collados o de las Águilas, fue creado por los musulmanes en torno al siglo X para el control de los pasos naturales de Sierra Morena. Conquistado definitivamente por los cristianos durante la Campaña de las Navas de Tolosa (1212), fue desmantelado parcialmente en 1473, tras desaparecer la frontera con el reino nazarí de Granada. De este conjunto fortificado cabe destacar una torre hexagonal de tapial que conserva aproximadamente catorce metros de su altura.

El castillo de Navas de Tolosa pudo edificarse a finales del siglo X, formando parte de una red de fortificaciones que jalonaban los caminos que enlazaban Córdoba con la Meseta, función que compaginaría con el control de las minas de plata de Sierra Morena. Sin embargo durante el siglo XII los almohades amplían sus defensas intentando con ello establecer una red de fortalezas que frenasen el avance de los ejércitos cristianos por el Alto Guadalquivir. Los cristianos pasaron a cuchillo a sus defensores dos días después de la batalla de las Navas de Tolosa.

LA TORRE

Inicialmente el Hisn aloqban o Hisn Salim estuvo formado por una torre hexagonal erigida sobre un elevado promontorio rocoso, convertido en una significativa defensa natural. La torre fue construida en tapial de argamasa y enfoscada con una gruesa capa de mortero de cal, presentando un falso despiece de sillería que enmascaraba su técnica constructiva, de similar factura al realizado en el castillo de Baños de la Encina. Está completamente maciza y no contiene espacio habitable alguno; no obstante presenta un pequeño pozo o aljibe en el centro. En el antepecho que corona la terraza se conservan los restos de una estructura que podría identificarse con una cámara de tiro o amplia saetera, que vigilaba el camino que discurre al pie de la fortaleza.

EL RECINTO AMURALLADO

Aunque el escarpe rocoso sobre el que se asienta esta fortaleza proporciona una defensa natural, sus defensas se incrementaron con un recinto de muralla también de tapial, posiblemente en época almohade, que circundaría una pequeña aldea aterrazada que surgió al abrigo de este castillo.

LA BATALLA

Después de varios siglos de lenta conquista cristiana, en 1212 la frontera entre moros y cristianos se había situado en la llanura manchega y no era ningún secreto que los reyes de Castilla aspiraban a ocupar las prósperas tierras del Guadalquivir, con sus populosas ciudades.

Hacía ya más de un siglo que al-Andalus había perdido su independencia y se había reducido a mera provincia de un imperio beréber norteafricano, primero almorávide y después almohade. La conquista cristiana era sólo cuestión de tiempo. En 1195 los almohades habían derrotado al rey de Castilla en Alarcos, cerca de la actual Ciudad Real, pero diecisiete años después el mismo rey preparaba la revancha y se mostraba más agresivo que nunca.

En 1211 Alfonso VIII consiguió del papa Inocencio III que declarara Cruzada su próxima campaña contra los almohades. De este modo se aseguraba que sus otros enemigos, los reyes de León y Navarra, no aprovecharían la ocasión para atacar sus desguarnecidas fronteras del norte, a no ser que quisieran incurrir en excomunión. La declaración de Cruzada podía atraer, además, voluntarios de toda la Cristiandad, deseosos de redimir sus pecados con esta versión cristiana de la Guerra Santa islámica.

En Marraquex, la capital del imperio almohade, no eran ajenos al rearme cristiano. El nuevo sultán o miramamolín, Al-Nasir, hijo del vencedor de Alarcos y de la esclava cristiana Zahar (flor), allegó un gran ejército y cruzó el Estrecho. Se decía que había jurado llevar a sus tropas hasta Roma y que sus caballos abrevarían en el Tíber.

Al-Nasir llevó a sus tropas hasta la frontera y pasó unos meses sitiando Salvatierra, el primer castillo cristiano de la Mancha. Cuando lo conquistó regresó a Sevilla para preparar la gran expedición que lo llevaría a Roma.

Mientras tanto, los cruzados cristianos se iban concentrando en Toledo. Algunos procedían de allende los Pirineos, en su mayoría de Francia, con el arzobispo de Narbona al frente, pero la mayoría eran peninsulares. Pedro II de Aragón aportó tres mil caballeros y más de diez mil peones.

El 20 de junio el ejército cristiano partió de Toledo camino del sur. Cuatro días después las vanguardias avistaron el castillo de Malagón, fortaleza avanzada musulmana. El alcaide que la defendía ofreció rendirla a cambio de que se respetaran las vidas de sus defensores, un trato común en las contiendas peninsulares, pero los cruzados de ultrapuertos, herederos de la tradición intolerante de las Cruzadas, los pasaron a cuchillo.

Una ciudad disputada

Poco después el ejército cristiano atravesó el río Guadiana, cuyos vados los moros habían sembrado de abrojos (artefactos metálicos de cuatro puntas para herir los pies de peones y caballos) y se encontraron ante el principal obstáculo que los separaba de Andalucía, la ciudad fortificada de Calatrava la Vieja, elevada en época califal en el estratégico punto donde se cruzaban los caminos de Andalucía a Toledo y los de Extremadura a Levante. Esta ciudad había cambiado de manos varias veces en el último medio siglo. Alfonso VII la había conquistado a los almorávides y se la había confiado a los Templarios, pero éstos se la devolvieron a la Corona en 1158, reconociéndose incapaces de defenderla ante el empuje almohade. Entonces, un grupo de caballeros y de monjes cistercienses del convento de Fitero se establecieron en ella y originaron la orden monástico-militar de Calatrava, que el Papa aprobó en 1164.

Calatrava era un escollo en la marcha hacia el sur. No era prudente dejar a la espalda del ejército cristiano una plaza tan importante y bien abastecida que, además, estaba encomendada al andalusí Abu Qadis, un experto militar de la frontera.

Los cruzados acamparon cerca de Calatrava, la atacaron y lograron tomar dos torres del recinto exterior. Comprendiendo lo inútil de la resistencia, Abu Qadis parlamentó con Alfonso VIII la rendición del castillo, en los términos acostumbrados: garantía de la vida y bienes muebles de los defensores. Este acuerdo indignó a los cruzados extranjeros, que contaban con repetir la degollina de Malagón, lo que, unido al calor excesivo del mes de junio y a las privaciones que sufrían, los movió a retirarse de la expedición. Abu Qadis fue ejecutado por los almohades en castigo por rendir la plaza, lo que contribuyó al malestar de los andalusíes.

Durante unos días, los cruzados descansaron en Calatrava y se repusieron de estrecheces pasadas. Allí se sumó a la expedición el rey Sancho el Fuerte de Navarra con doscientos caballeros. El navarro había decidido deponer temporalmente su rencor y enemistad hacia Alfonso VIII para participar en la Cruzada.

La siguiente etapa fue Alarcos, donde diecisiete años antes los almohades habían vencido a Alfonso VIII. En los días 7, 8 y 9 de julio los cruzados acamparon a la vista de Salvatierra, otro castillo en poder de los moros que, como no constituía una amenaza, dejaron atrás.

El pastor de Sierra Morena

El día 13 el ejército cristiano acampó ya en plena Sierra Morena, en la llanada frente al castillo Ferral, abandonado por su guarnición almohade. El ejército de al-Nasir aguardaba al cristiano a pocos kilómetros de allí, no lejos de la moderna población de Santa Elena. De los dos posibles caminos, el más corto, por el desfiladero de la Losa, discurría por una garganta rocosa tan áspera y difícil que "mil hombres podrían defenderla de cuantos pueblan la tierra". Los cruzados escogieron el camino alternativo, por el Puerto del Rey y el Salto del Fraile, siempre por divisorias de aguas (por donde suelen discurrir los caminos de Sierra Morena) y fueron a acampar al cerro plano llamado Mesa del Rey. Una piadosa tradición sostiene que los moros desconocían aquel camino y por eso no lo vigilaban y que San Isidro Labrador se apareció a Alfonso VIII en figura de pastor para mostrárselo. Parece más sensato pensar que en el ejército cristiano había muchos adalides que conocían la orografía de la zona y no ignoraban el camino alternativo al desfiladero de la Losa. Los cristianos llevaban ya muchos años, desde las expediciones de Alfonso VII, atravesando la sierra.

Al-Nasir intentó plantear el combate inmediatamente, antes de que los cristianos y sus caballos se repusieran de las fatigas de la caminata. Inútilmente envió destacamentos de caballería y arqueros a hostigar al enemigo. Los cruzados se tomaron dos días de descanso y sólo formaron en orden de batalla al clarear el lunes 16 de julio de 1212.

Las tropas castellanas

El ejército cristiano se dividió en tres cuerpos, con los castellanos en el centro; los aragoneses a su izquierda y los navarros a la derecha, reforzados por tropas concejiles castellanas. Cada cuerpo se dividía, a su vez, en tres líneas ordenadas en profundidad. La vanguardia del cuerpo central, que sería el eje de la lucha, estaba al mando del alférez real de Castilla, el veterano don Diego López de Haro. En la segunda línea se ordenaban los caballeros de las órdenes militares (Templarios, Hospitalarios, Uclés y Calatrava). Finalmente, en el cuerpo de reserva, que ocupaba la retaguardia, estaban los tres reyes, con Alfonso VIII en el centro, acompañado por los arzobispos de Toledo y Narbona, y otra media docena de prelados castellanos y aragoneses.

Alfonso VIII había dispuesto que las tropas concejiles combatieran mezcladas con los guerreros profesionales de las mesnadas nobiliarias, las tropas reales, y los caballeros de las órdenes militares. De este modo la calidad era más homogénea y la infantería y la caballería se apoyarían mutuamente.

La formación almohade

El ejército almohade presentaba también tres cuerpos: en vanguardia un núcleo de tropas ligeras, a continuación los voluntarios reclutados en todo el imperio, incluyendo a los andalusíes. El cuerpo de reserva, en retaguardia, lo formaban los almohades propiamente dichos, que ocupaban la ladera del cerro de los Olivares, en cuya cima al-Nasir había plantado su emblemática tienda roja, en el centro de un palenque o fortificación de campaña constituida por una amplia empalizada de canastos terreros, troncos y cadenas. Esta fortificación de campaña, bastante frecuente en la Edad Media, solía mostrarse efectiva para detener a la caballería pesada. El palenque estaba defendido por una guardia de piqueros, arqueros y honderos, muchos de ellos atados por los muslos o enterrados hasta las rodillas. Mientras el combate se desarrollaba, Al-Nasir, sentado sobre su escudo, a la puerta de la tienda roja, leía el Corán.

Es difícil calcular el número de combatientes que se enfrentaron en las Navas de Tolosa. Los cronistas árabes hablan de seiscientos mil musulmanes y de "una innumerable muchedumbre de cristianos". Los cristianos calculan casi doscientos mil jinetes musulmanes y la consabida muchedumbre de peones. Los primeros estudiosos de la batalla cifraron los efectivos almohades en torno a los cien mil y los cristianos entre sesenta y ochenta mil. Más recientemente se ha querido rebajar la cifra a unos veinte mil almohades y a doce mil cristianos. Quizá no fueran tantos, ni tan pocos. La verdad sólo Dios la sabe, como gustan de decir los cronistas islámicos.

Las armas

Los cristianos estaban mejor equipados que los musulmanes, especialmente en lo tocante a armamento defensivo: escudos, cotas de malla y yelmos de metal o cuero. El ofensivo abarcaba una amplia panoplia: lanza, espada, cuchillo, maza o hacha, alabarda, arco y honda. Por la parte almohade el armamento defensivo se limitaba prácticamente al escudo. Sus peones iban provistos de lanzas y espadas, azagayas, arcos y hondas. El predominio de las armas arrojadizas en el campo musulmán se refleja en las enormes reservas de flechas y venablos que los cristianos encontraron tras la batalla. El arzobispo de Narbona calcula que dos mil acémilas no serían suficientes para transportar tantas canastas de flechas.

Las tácticas militares

Los ejércitos almohade y cristiano empleaban tácticas muy distintas. Los cristianos lo fiaban todo a una carga frontal de la caballería, en compacta formación, primero con las lanzas y después con las espadas. Por el contrario, los musulmanes oponían tropas ligeras que se dispersaban ágilmente en todas direcciones, hurtando el blanco a la acometida enemiga, para luego agruparse y, desplazándose rápidamente, envolver al enemigo y golpearlo en sus puntos vulnerables, la retaguardia y los flancos. Fue lo que ocurrió en Alarcos, donde los almohades desorganizaron las tropas concejiles que formaban las alas del ejército castellano y embolsaron a la caballería impidiéndole desarrollar sus cargas.

El plan de combate de los reyes cristianos en las Navas coincidía con la estrategia desarrollada por los cruzados de Tierra Santa. Después de la batalla de Dorilea, que enfrentó, por vez primera, a cruzados y turcos, en 1097, los cristianos desarrollaron nuevas tácticas para evitar el cerco por las ligeras y ágiles tropas musulmanas. Boemundo, el gran estratega cristiano, ideó proteger los flancos del ejército con obstáculos naturales, conservar la formación cerrada, para evitar el desmoronamiento de las líneas y, sobre todo, mantener un cuerpo de reserva con el que atacar al enemigo cuando intentara cercar al cuerpo principal. En Tierra Santa, la reserva estaba al mando de Boemundo. En las Navas de Tolosa vemos a Alfonso VIII y a sus colegas los reyes de Aragón y Navarra al frente de ese cuerpo de retaguardia. De la oportuna intervención de esta reserva, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, dependía el resultado de la batalla.

El ejército de al-Nasir

El plan almohade era simple y efectivo. Primero sus tropas ligeras desorganizarían y cansarían al enemigo. En la vanguardia combatirían las peores tropas, la muchedumbre de voluntarios atraídos por la Guerra Santa, los que aspiraban a ganar el Paraíso, mera carne de cañón. Mientras los cristianos se cebaban en ellos, los hábiles arqueros de al-Nasir sembrarían la muerte entre los cruzados. Cuando éstos estuvieran cansados y en terreno desventajoso, los almohades caerían sobre ellos para asestarles el golpe de gracia. Si alguna carga de los cruzados alcanzaba la retaguardia almohade, las formidables defensas de su palenque y la guardia del miramamolín bastarían para detenerla.

Y comenzó la batalla. La vanguardia cristiana, con don Diego López de Haro al frente, descendió de la Mesa del Rey, organizó las filas en su base y cargó por la nava del Llano de las Américas, un terreno cubierto de monte bajo y salpicado de encinas y alcornoques. Las avanzadas musulmanas se dispersaron, sin dejar un muerto en el campo, y los cristianos prosiguieron su galopada en busca del blanco firme que se ofrecía en los altozanos contiguos, donde estaba apostada una muchedumbre de musulmanes. Allí se produjeron los primeros choques, pero los atacantes atravesaron esta segunda línea sin mayor dificultad y todavía les quedó impulso para arremeter contra el grueso de los almohades, que los recibieron en alto y los contuvieron, atacando ellos mismos pendiente abajo con los acostumbrados gritos de guerra (alaridos) y ruido de tambores.

Don Diego y los suyos se mantuvieron firmes en la confusión, pero las endebles tropas de los concejos comenzaron a ceder terreno. Era evidente que las dos primeras líneas cristianas estaban en difícil situación, asaltadas desde mejores posiciones por los almohades y penetradas y envueltas por la caballería ligera del enemigo. Además, ofrecían un blanco casi inmóvil a los arqueros y honderos de al-Nasir. Alfonso VIII creyó llegado el momento de dirigir la carga decisiva, de cuyo resultado dependía la batalla. Según la crónica, el rey se dirigió al arzobispo de Toledo: "Arzobispo, vos y yo aquí muramos". Y sin más plática cargaron al frente de la tercera línea. Al propio tiempo, sincronizando su movimiento con el del cuerpo central, entraban en combate las reservas de las alas, al mando de los reyes de Aragón y de Navarra.

La carga de los tres reyes

La carga de los tres reyes enfiló su objetivo, cruzó el campo de batalla sin perder cohesión y se sumó al tumulto de guerreros que luchaba en torno al palenque del miramamolín. De aquel momento supremo y verdaderamente decisivo del combate apenas tenemos noticias fiables. Fuentes tardías sostienen que fue Sancho el Fuerte de Navarra el primero en romper las cadenas y traspasar la empalizada, lo que justifica la incorporación de cadenas al escudo de Navarra, pero el caso es que las cadenas y palos ardiendo aparecen en los escudos nobiliarios de muchas casas que podrían blasonar igualmente de la hazaña. Lo más probable es que la empalizada fuese penetrada simultáneamente por varios lugares. Los imesebelen sucumbieron en sus puestos, fieles a su promesa.

El degüello dentro de la fortificación del miramamolín debió de ser terrible. El hacinamiento de defensores y atacantes en este punto y la conciencia de estar dilucidando la suerte suprema de la batalla, espolearía el desesperado valor de unos y otros. Los arqueros musulmanes, principal y temible enemigo de los caballeros, no podrían actuar debidamente, cogidos ellos mismos en medio del tumulto. La carnicería en aquella colina fue tal que, después de la batalla, los caballos apenas podían circular por ella, de tantos cadáveres apilados como cubrían la tierra.

El ejército de al-Nasir se desintegró y buscó su salvación en la huida, pero los prelados habían prohibido, bajo pena de excomunión, saquear los despojos y el campamento enemigo antes de que los almohades hubiesen sido completamente exterminados. La caballería cristiana mató quizá a tantos moros en el "alcance" como en la batalla. "Hallaban a los moros en las encinas y en los alcornoques y allí les daban muchas lanzadas y así los derribaban", escribe un cronista tardío.

Sofocada toda resistencia almohade, los cruzados se precipitaron sobre el campamento enemigo, ya arrasado y en completa confusión, en busca de objetos valiosos, oro, plata, seda y vestidos, además de armas, caballos y vituallas. "De todo hallaron en tal cantidad -exagera probablemente el cronista- que, aunque cada uno tomó lo que quiso, dejaron todavía más de lo que cogieron".

Los cronistas cristianos cifran los moros muertos en unos cien mil, lo que parece excesivo. Por el lado cristiano, hablan de veinticinco o treinta muertos, una cifra absolutamente inaceptable que sólo se justifica por el deseo de presentar la victoria como un milagro.

El ejército cristiano descansó en su nuevo campamento dos noches y un día. Después, los cruzados progresaron por tierra musulmana tomando diversos castillos y lugares (Vilches, Baños de la Encina, Navas de Tolosa) en los que degolló a la población y a los fugitivos de la batalla. Los habitantes de Baeza habían huido dejando atrás solamente algunos ancianos e impedidos que se habían acogido en la mezquita mayor. Los conquistadores incendiaron el templo con cuanto contenía. Al día siguiente cercaron Úbeda, ciudad populosa y bien defendida, pero abarrotada de refugiados. Los cristianos dejaron pasar el domingo y el lunes 23 invadieron la ciudad por la brecha resultante del desplome de una torre que expertos mineros habían socavado. Los moros parapetados en el alcázar acordaron rescatar la ciudad por un millón de maravedíes de oro, pero los prelados que velaban por el cumplimiento de la Cruzada hicieron saber que los cánones eclesiásticos prohibían todo trato con infieles. Por lo tanto, Úbeda fue destruida y su población degollada después de separar a los que valían para esclavos.

A los pocos días, una epidemia de disentería, causada por la falta de higiene y el calor, a la que cabría añadir el agotamiento de la tropa (no sólo de la campaña en sí, sino de los excesos con las moras cautivas) aconsejaron el regreso a Castilla. Cubiertos de gloria y cargados de botín, los cruzados volvieron a atravesar Sierra Morena. La frontera provisional quedó al sur de la sierra, en el lugar y castillo de Vilches. El cerrojo de la puerta de Andalucía estaba en manos castellanas, lo que facilitaría la conquista del valle del Guadalquivir por Fernando III en la generación siguiente.

Alfonso VIII, embriagado por su victoria y vengado de Alarcos, se mostró magnánimo y cedió varios lugares en litigio no sólo al rey de Navarra, que lo había ayudado, sino incluso al de León, que había aprovechado su ausencia para atacar sus fronteras desguarnecidas.

Al-Nasir nunca se repuso del desastre de las Navas. Abdicó en su hijo y se encerró en su palacio de Marraquex, donde se entregó a los placeres y al vino. Murió, quizá envenenado, a los dos años de la batalla.

 

Ver más información

 

Ver artículo “La Batalla de las Navas de Tolosa: historia y mito”, libro de Manuel Gabriel López Payer

 

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